Rúbricas versus exámenes (o no)

Hace unos meses, cuando empecé a empaparme de la clase al revés, un compañero de aventuras, mucho más versado que yo en estos asuntos, me señalaba: “cuando empieces a utilizar la rúbrica pronto te olvidarás de los exámenes”. Sinceramente, mi primera reacción, fue de incredulidad, como mucho un escepticismo practicante.

Y de hecho mis “primeras experiencias”, vamos a decir que fueron desmotivadoras. Ya un compañero me decía al principio de curso: “Yo no lo veo. Demasiado trabajo sin resultados claros”. Pero no hay nada como la terquedad, el ensayo y error, y pensar que la pólvora ya está inventada, solo tienes que saber usarla.

Efectivamente, cuando comencé a usar rúbricas, pensé que algo tan “farragoso” (un cuadro en papel que yo iba rellenando conforme mis alumnos iban exponiendo -por ejemplo en una rúbrica de exposición oral-, y que luego tenía que pasar a formato electrónico para enviarlo por correo a mis alumnos, con la consiguiente sensación de “pérdida de tiempo”) no podía ser nunca efectivo ni estimulante para la práctica docente. Así pues, el comienzo me dejó más bien “frío”. Fue una primera cita, poco estimulante. ¿Habría una segunda?

Buscando en la red, me encontré a tres docentes clave en todo este asunto @VictorMarinNavarro, @rosaliarte y @jfeliua y por supuesto, la respuesta vino en formato tecnológico, pero también, por la idea clara que estos compañeros tienen y otros  muchos sobre el significado de la evaluación, su visión sobre la misma, y cómo debe orientarse la evaluación en la escuela del siglo XXI.

Las famosas tres preguntas: ¿qué es la evaluación? ¿cómo evaluamos? y ¿para qué evaluamos? llevan implícita una revisión profunda de los paradigmas tradicionales de eso que llamamos la labor docente. No quiero escribir estas líneas para derivar en sesudas disquisiciones al respecto de este tema, sino tan sólo compartir con los que quieran leer las aventuras de este profesor en la metodología flipped classroom, que ha sido precisamente, este planteamiento metodológico, el que me ha llevado casi “de cabeza” a plantearme otras fórmulas, y/o herramientas en el proceso de evaluación con mis alumnos.

Si preguntarme “¿cómo pongo en marcha mis clases al revés?” fue un auténtico reto, se queda bastante corto del segundo, “¿cómo evalúo?”. Porque realmente hasta ahora, no había necesitado de un instrumento que me permitiera medir “capacidades”. ¿Cómo se mide la competencia de APRENDER A APRENDER de un alumno con un examen, o con su cuaderno, o con las preguntas que aleatoriamente pueden ir contestando a modo de repaso de lo visto el día anterior? Estas tres herramientas de “medición de lo aprendido” (?) por un alumno son los elementos que se utilizan habitualmente , para llegar al resultado culmen de la calificación de un alumn@ al final de cada trimestre.

Por tanto, necesitaba “precisión” para medir el trabajo de mis alumnos, dejar claro lo que yo les pedía, y permitir a ellos mismos hacer balance de lo conseguido con su esfuerzo una vez la tarea estuviera terminada. Es decir, que el alumno pueda contestar a unas simples preguntas: ¿cómo lo he hecho? ¿he dado todo lo que podía? ¿el profesor me ha valorado acorde a ese esfuerzo? ¿tengo claro dónde he fallado para corregir y mejorar? o por el contrario, ¿soy consciente de mi capacidad de mejora y de cómo esa superación me estimula? Bueno así podría seguir con unas cuantas preguntas que los alumnos necesitan formularse y resolver satisfactoriamente para avanzar y mejorar, y eso es la EVALUACIÓN. Sino… ¿para qué evaluamos?

Esa precisión me la han mostrado los compañeros anteriormente citados: cada uno de ellos me han enseñado ejemplos prácticos (igual que me ha ocurrido a mi le pasa a muchos docentes: necesitamos verlo en la práctica, que nos lo enseñen, casi que nos convenzan y sobre todo, que se le puede perder el miedo a algo, que por otra parte, está más cerca de lo que imaginamos), recursos tecnológicos accesibles (lo de corubrics de Jaume es increíble) y sobre todo, la claridad meridiana de que la rúbrica “funciona” como instrumento de evaluación. Ya sé que alguno dirá: “a buenas horas este buen hombre descubre la rúbrica”. Sí correcto, y tendría razón de sorprenderse de mi ignorancia al respecto, pero insisto una vez más, ésta que es mi realidad, es la de muchos docentes, que desconocen posibilidades de plantearse pequeños cambios que mejorarían, y mucho su día a día.

Pero el título de esta entrada plantea una duda razonable (ni siquiera debate): ¿he abandonado por completo los “exámenes” siendo éstos sustituidos por rúbricas de todos los colores, formatos y tamaños, ahora que he descubierto que con google forms se pueden hacer auténticas maravillas?

La respuesta es evidente. NO. Y me explico. Todos los que hemos llegado hasta donde hemos llegado (no se si muy lejos o muy cerca), hemos hecho cientos, casi miles de exámenes. Durante nuestra vida se nos ha puesto a prueba en multitud de ocasiones con una prueba escrita, en la que debíamos demostrar nuestra capacidad memorística, nuestros nervios de acero… o algo que en el fondo creo que no me ha venido mal: superar un reto, puntual, concreto, en ocasiones estimulante, y en otros muchos no. Frustrante cuando no se conseguía, e implicaba volver a repetirlo. Pero reto, al fin y al cabo.

Bien, pues creo, que no se debe abandonar absolutamente el significado que yo le doy a un examen. Esos retos deben seguir planteándose. Ahora bien, parece claro, que el protagonismo que hasta hace no demasiado tiempo, yo le daba a esos momentos, debe estar en completa cuarentena. Los exámenes no aportan datos fiables de lo que se ha “aprendido”, sí de la brillantez o no de un alumno. Cuantas veces hemos oído. “Este alumno es brillante casi excepcional, todo 10 en sus exámenes”. Y no quiero dudar de la capacidad de ese alumno, pero puede ser que en otros ámbitos o destrezas, que también pueda necesitar, no se muestre tan “brillante”.

Un ejemplo que ilustra lo que acabo de decir: a los alumnos brillantes no les gusta el trabajo en equipo. Le temen, al creer que un trabajo con compañeros con pocas ganas, puedan influir en su “nota”, y por tanto, prefieren el camino en solitario. En este sentido, no puedo negar la evidencia: hay alumnos que no ayudan precisamente en este sentido. Pero ahí una vez más, está el papel del profesor: sí creo que el trabajo colaborativo aporta, no solo individualemtne, sino colectivamente (y también lo estoy descubriendo ahora: otro día hablaremos de ello)

Por tanto, a modo de resumen y para ir concluyendo. Por fin le he cogido el truco a elaborar mis propias rúbricas que se adaptan a lo que trabajo con mis alumnos. Éstos comienzan a ver ya como algo natural y sobre todo, práctico, el saber lo que se les pide y lo que tienen que hacer para mejorar. Para ellos, también es una sorpresa cuando a su pregunta. “Profe, de estos dos temas que acabamos de ver, ¿cuándo es el examen?” Y me respuesta, es. “No hay examen”. “La rúbrica del trabajo me da la información necesaria sobre lo que habéis aprendido. Y si quiero “poneros a prueba con algo que echáis de menos, ya os avisaré con tiempo”.

 

 

 

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